La neutralidad es una frase cómoda hasta que alguien la traduce. En Washington se lee como espacio; en Beijing, como oportunidad. Ninguna de las dos lecturas es gratuita: cada visita, cada préstamo y cada abstenimiento en un foro multilateral se convierte en un dato del archivo.
República Dominicana ha sostenido una doctrina de no alineamiento que, en la práctica, consiste en mantener todos los canales abiertos. Eso funciona mientras el costo de los canales sea simétrico. No lo es: unos traen inversiones con plazo y otros traen líneas de crédito con garantía.
La cancillería sabe esto. Lo que falta es un debate público sobre el precio de cada puerta que se deja entreabierta — y sobre qué se pide a cambio de abrirla.




